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The bowler hat


Si meterse en los zapatos de otra persona nunca fue fácil ¿imagináis el desafío que supone un sombrero? Puedes apretar los dedos de los pies, garrapiñarlos si es necesario, para meterte en esos zapatos que adoras, que codicias tras el cristal del escaparate y que, desgracias de la vida, no son de tu  número.

Pero no puedes hacer lo mismo con un sombrero, no. No basta con arrugar la frente, fruncir el entrecejo, respirar hondo y tirar del sombrero para conseguir llevarlo, ni siquiera sin gracia alguna. Para llevar un sombrero hay que ponerse a su altura, pensar a sus anchas, sentir a su medida, calarte su esencia. Los más fashionistas dirían además que hace falta tener cara de sombrero y saberlo llevar, pero yo soy de las que piensan que para eso siempre hay tiempo.

Quiero dejar claro que me encantan los sombreros. Y los zapatos, y los bolsos…pero nada que ver con los sombreros.  Es el borsalino el que hace al detective; la pamela la que dicta quién es quién en Ascott; el ala del de copa el que daba brillo a las florituras de Fred Astaire y ¿de qué serviría todo el espíritu del Marlboro Country sin un sombrero de cowboy tras el que esconderse al amanecer?

De ahí la elección…no podía venir a Londres sin paraguas, sin mis botas de agua para romper los reflejos verde-amarillos de Hyde Park; tampoco sin un buen cargamento de aceite de oliva y jamón serrano envasado al vacío -¡Gracias mamá! -. La tetera es fácil de encontrar; qué decir de los Bobbies; del Teddy Bear de Paddington; del ‘Mind the Gap’ que te taladra nada más girar el torniquete para entrar a la estación; del fish and cheaps que te persigue hasta la muerte –o más allá si no tienes el Almax a mano- o de la puntualidad local que, a fuerza de esperar el metro, te obligas a adoptar.

Pero lo del bombín no es tan fácil. Y si no que se lo digan a Mr. Chaplin, o a Keira Knightly dándole la réplica a Coco para evadir la polémica de sus retoques en Photoshop para Chanel. ¿Qué habría sido de Joel y Hardy? ¿O de aquel señor que lidiaba con los interesados en aprender el idioma de los anglos mientras gritaba ‘Follow me!’? ¿Hasta dónde habría llegado la crisis financiera si los brokers no fueran pertrechados a la City con el susodicho?

El bombín, ese gran desconocido para la población española, se me antoja el más British de los Brit-hits, así que ¿nos atrevemos con uno ‘rojo pasión española, no, no bailo flamenco y no, tampoco cocino paella’ para esta sesión de London Calling? Más que nada, por no verlo todo negro desde el comienzo y ponerle un poco de color a esta aventura (la luz y el color eran cosa de Marisol)

Le he dado muchas vueltas a la idea de escribir un blog. Quiero decir, construir un blog, no arrojarlo a la selva en la que puede convertirse Internet y dejarlo campar a sus anchas, salvaje, desamparado, desesperado por una actualización-¡qué no daría ya por un comentario!- por una señal de que no está solo, de que tiene alguien que, además de la cabeza sujetante, se encarga de no dejar que el rojo de este Bombín se desluzca. En resumen, lean, comparen y si encuentran algo mejor, vuelvan y háganlo saber.

No es la primera vez que me atrevo con un blog, he de reconocerlo. Aunque sí que es la primera que lo hago de motu proprio, ilusionada con hacer de esto una costumbre, una rutina, que no una monotonía.

Volviendo al tema que nos ocupa – nota de atrezzo, me calo el bombín para centrarme más aún – aviso a navegantes: esta vez voy en serio. Prometo dar la brasa al menos una vez a la semana, probablemente con alguna payasada acaecida en Londinium y alrededores, intentando, eso sí, que resulte al menos, entretenido de leer.

Adoro la moda inglesa y por inglesar, descubrir los salones de té y los restaurantes que entran, o no, en el Time Out de la semana. Me gusta la música de aquí, los libros de aquí, y su cine y su teatro. No puedo decir lo mismo de la televisión, más allá de mi admirada BBC (qué se le va a hacer…otro poso más de nostalgia a añadir al rojo del Bombín) y de los cada vez más interesantes esfuerzos de Sky por hacer atractivos sus informativos sin caer en el amarillismo que a veces supone cubrir información local en plenas elecciones al Parlamento.

Tampoco descarto la experiencia de haber lidiado con bancos y sus secuaces en el pasado, por lo que intentaré seguir la actualidad del Money Money tan a menudo como el extracto de mi cuenta de crédito -literario- y mis entendederas me lo permitan.

No pretendo sentar cátedra en nada, ni convertirme en una trendsetter recién llegada, tampoco alargarme más de lo necesario, tan sólo contar desde un pequeño rincón de la Isla (más soleado de lo habitual gracias a un micro-clima que según los lugareños se debe a los campos de golf, que como champiñones crecen por estos lares) cómo vive Londres una española que aunque nada tiene que ver con los Monty Python, disfruta de la corte de la Reina Isabel…

Chapeau!

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