Not the right side but the proper side

Sonrisa al canto y… la frase de marras: “we don’t drive on the right side but on the proper one”.  La explicación nacional por antonomasia para esta sacada de quicio, que no entiende de razones pero sí de fronteras.

No hace falta poner pie en tierra inglesa para empezar a temer una embestida frontal de algún loco, que, oh cosas de la vida, decide conducir por el lado contrario. Me explico. Puerto de Santurce, Bilbao. 9:00 de la mañana. Poco a poco se abre paso la imagen de un ferry de los de antaño –tanto que lleva escrita en la proa su próxima fecha de defunción- entre la niebla compartida a un lado y al otro del Golfo de Vizcaya.

Estos del Norte hacen las cosas muy bien, para qué engañarnos. Y si es a lo grande, mejor que mejor, que para algo son vascos. Dicho y hecho. Grandes flechas de color amarillo surcan los carriles de asfalto del puerto bilbaíno, empujando a los despistados a ponerse a la cola para meter el coche en las bodegas del barco.

Charlas mañaneras, revoltijo de última hora en bolsos y bolsillos (en pos de un pasaporte que prefiere desperezarse en la oscuridad antes de dar la cara) y del resguardo del billete, que anda también por el quinto sueño. Primera sorpresa, si no llevas copiloto, a bajar del coche se ha dicho. Sí, hijos, sí. Quien paga manda. O no. Depende de la cara de qué rey o reina aparezca en el montante y sonante. Si es ella, estamos de suerte. Si es él, lo dicho, paseíto al canto alrededor del vehículo –crucen los dedos por no tener que rodear sus autocaravanas sorteando camiones de mudanza, todo un desafío-.

Y es que, el que avisa no es traidor. Así, que desde Santurce a Bilbao, con la falda remangada y…andando por la izquierda. Aparcar en el interior de esta reliquia de la ingeniería naval nacional no mejora las cosas. Nada más apagar el motor te sientes como en un paso de peatones en Londres, indefenso. Miras a un lado, y al otro, y al frente y detrás. Toda preocupación es poca, y vana. Ya que sigues sin saber por dónde vendrán.  Respiras hondo, cuentas hasta tres, regalas una sonrisa cómplice al resto de ocupantes del coche y ¡zas! Sales como una exhalación rumbo a la puerta el maletero, antes de que algún desaprensivo aparque demasiado cerca y te quedes sin lavarte los dientes en las… ¡29 horas! que dura la travesía hasta Portsmouth.

 Efectivamente, un día y medio para pensar y recapacitar sobre las verdades ocultas de la vida, el sentido de nuestra existencia y la conveniencia de conducir por un lado u otro de la carretera. Veintinueve horas para profundizar en el hecho de que ni en 1.000 años han podido los británicos ponerse de acuerdo con el resto del mundo para conducir por el mismo lado. Porque, dada la explicación y escuchada la gracia un sinfín de veces ¿porqué siguen empeñados en conducir al revés? La discusión viene de antaño, cuando, encaramados a los pescantes de los carros y carromatos, los habitantes de una y otra orilla del Canal de la Mancha dilucidaban sobre la mano más hábil para blandir el látigo, arrear al caballo y evitarle la misma suerte a algún que otro incauto, que pensaba más en las musarañas que en las prisas de los conductores-.

Tambaleantes, con el regustillo de la biodramina aún coleando en nuestros paladares, nos persignamos, agarramos el volante (en mi caso el asa interna de la puerta del copiloto), miramos al frente y nos lanzamos a superar  el miedo a la izquierda. Hora y pico después, hemos llegado sanos y salvos a nuestro destino, eso sí, exhaustos de tanto esfuerzo mental. Por un lado, el carril izquierdo deja paso a ancianas, miopes, ‘Ls’, camiones y autobuses fuera de servicio, que suplantan a los habituales de idénticos carriles en España: adictos a los detectores de radares de Pere Navarro; macarras del tres al cuarto al volante de un ‘discreto’ bólido tuneado; padres de familia que corren a todo y llegan a lo que les dejan; ambulancias, policías, guardias civiles y otros agentes y funcionarios públicos que no pierden una a la hora de dar ejemplo de cómo conducir, por la izquierda.

Superado el tramo de autovía, agárrense los machos que vienen curvas. Y rotondas. Y rotondas dentro de cruces con semáforos…en las salidas de la autopista. Vamos, que el centro de la DGT de Móstoles tiene seria competencia en cualquier pueblo de los alrededores de Londres. Llegado este punto, no cabe más que elegir entre un ‘oh cielos’ y el más macho ‘jerónimooooooooooo’ y saltar al interior de la rotonda, también por la izquierda, seguir las agujas del reloj y salir dos o tres vueltas después, ofreciendo un cargamento de velas a San Antonio y otro de nudos a San Cucufato por haber acertado con la salida y el sentido de la misma.

Aprovecharé estas vueltas a las ‘round abouts ’ o ‘circus’ para dejar claro que:

1.- No puedo estar más de acuerdo con el nombre escogido para denominar estos elementos de mobiliario urbano / ordenación del tráfico. Dar la vuelta a la redonda, por descriptivo, y el circus, porque efectivamente, salir a tiempo es digno del más agotador entrenamiento del Cirque du Soleil.

2.- Hasta el momento, lo más positivo son los semáforos. Me parece todo un detalle que avisen a la entrada y a la salida. Esos momentos en ámbar ofrecen una buena oportunidad para retoques estéticos de camino al trabajo, giros de colleja en mano para niños cansinos, guiños coquetos al conductor de al lado –nunca más al lado si es de nuestra derecha – y rechinar de ruedas avizor para los listillos de detrás que pretendan colarse.

Hago un alto en el camino para reflexionar sobre el otro lado. Que pese a lo metafísico de la expresión no tiene nada de oscuro, aunque sí de incómodo. Y es que la preferencia por la izquierda llega en Inglaterra mucho más allá de los confines de la conducción, bien automovilística, bien política.

En este país… ¡Se introducen los tiques del aparcamiento por la derecha! Obvio ¿verdad? Quizás no tanto cuando has subido más de cinco pisos (maravillas de la arquitectónica y del cambio climático) buscando desesperadamente un hueco para tirar el coche y hacer la compra antes de que te cierren el Sainsbury’s (o el Tesco, o el Waingrose, o el Asda, o el Lidl o lo que se tercie y siga abierto a altas horas de la tarde, léase las seis y media) y llegas al final de una empinada cuesta, con una valla electrónica que parpadeando malévolamente te indica – de nuevo las flechas amarillas – que tienes que retirar el papelito por ¿el lado del conductor?

Momentos de pánico, de estupor, de incomodidad y por que no, de incompetencia.

Sudores frío y palmas húmedas, Tragas saliva al mirar por el retrovisor y cerciorarte de la creciente cola que anida detrás de tu coche. Aún no han estallado los pitidos, pero sí el intercambio multicolor de luces largas, cortas, de posición, vuelta a las largas….¡¡¡Rrrrrrrrrasss!!! Haces acopio de valor, estiras las vértebras superiores, te arremangas (¿¿¿¿otra vez desde Santurce????) y en un paso digno de Billy Elliot haciendo un cameo en la persecución inicial de Apocalipto, saltas por encima de la palanca de cambios, estiras hasta el paroxismo el antebrazo, bajas la ventanillas y sí, rozas con la yema de los dedos el botón del expendedor. Pero no es suficiente.

Asúmelo. No llegas. Piensa, rápido.  De pronto lo ves claro. Dejas que la música de Beni Hill penetre en tu cerebro, cierras los ojos y te dejas llevar. Y como si de una experiencia ultra-sensorial se tratara te ves a ti mismo corriendo alrededor del coche, sonriendo histéricamente a diestro y siniestro y vocalizando hasta el calambrazo muscular ‘i – am-sorry-very-sorry’. Finalmente, arrancas con avidez el diabólico papelito, lo arrojas a las profundidades del bolsillo, te refugias en el rebozo del abrigo, miras al suelo y así, deshaces corriendo el camino hasta la seguridad del asiento. Arrancas triunfante y sí, se te cala el coche. Pero lo peor ya ha pasado. 

Vuelves a girar la llave, contienes el aliento y te adentras en la reconfortante oscuridad del aparcamiento.  Ahora sólo queda adelantarse a la adversidad y acordarse a la salida, de que ni la barrera de seguridad va a cambiarse de sitio espontáneamente para facilitarnos la vida, ni de que el coche pesa mucho más después de hacer la compra, lo que no ayuda a este tipo de maniobras, especialmente si la salida se empeña inclinarse cuesta abajo.

Chapeau!

PD. La manía de ir contracorriente no podría ser más literal…las puertas de hoteles que giran hacia la izquierda, otras que se abren y cierran hacia el lado contrario, al igual que muchos grifos. Tampoco han querido apuntarse a la convergencia de las telecomunicaciones y como no les va lo de ser más papistas que el papa por razones obvias, prefieren ser más reinistas que la reina…y los cables de la tele también están cambiados. Donde hay un macho debería haber una hembra y viceversa. Lo dicho, acaba reduciéndose todo a una cuestión de orgullo nacional y de victoria frente a los ‘pobres continentales empeñados en ir por donde no deben’.

3 comentarios

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3 Respuestas a “Not the right side but the proper side

  1. MAMA

    ENHORABUENA,gracias, por, sacar a la luz todo lo llevas dentro, que por cierto es mucho.Ese sombrerillo colorao va a dar mucho que hablar, y por supuesto contar…………..

  2. titais

    angie, creo que todo esto radica en un problema de lateralidad cruzada o más aún, estos tienen los hemisferios cerebrales también cambiados. Son neruronalmente raritos. Creo que debeis poneros detrás del coche a modo de L el toro de Osborne, así sabrán de vuestros vicios a la hora de conducir. Creo que os esperan cosas más peores como la ausencia o el alto coste del aceite de oliva. En fin paciencia y a adaptarse a las peculiaridades tontarrasssss del driving británico. ¡ Me encanta el color del sombrerico¡¡¡¡ titais

  3. Carmen

    Realmente no lo entiendes, son todos diestros corregidos. Todo buen Dandy, tiene su lado oscuro, y ese es, no sólo tener aprecio a un buen bombín, y un chupito de absenta en época de sequía; sino el de hacer las cosas al revés del resto del Universo. Eso sí, sin perder la compostura, ni ese “je ne se qouis” que todos los gentlemen parece ser que poseen.

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